Dicen
que lo bueno se hace esperar, que la
inspiración precisa de tiempo
y que la ilusión garantiza parte
del éxito. El restaurante Izurpi
cumple todas estas máximas: meditado
durante años, construido durante
once largos meses y sobre todo, resultado
del prudente buen hacer de sus dueños.
Mejor imposible.
Traspasar la puerta de entrada de este
restaurante supone sumergirse en un
espacio con encanto propio, que invita
a disfrutar de una comida sosegada en
un comedor amplio y luminoso.
Una gastronomía de raíces
tradicionales pero tremendamente elaborada
es una de las bases de la filosofía
del Izurpi. La carta responde al deseo
de sus creadores de no olvidar platos
clásicos como el rabo de toro
estofado, el tostón o el solemne
embutido ibérico, pero incorporando
pinceladas de creatividad en las preparaciones
y presentaciones.